Los países se hacen con hombres y con libros

Los países se hacen con hombres y con libros

Esta frase, utilizada en un póster para el día del libro - hace unos años en Brasil – me quedó resonando.

Los países, como territorio físico e identidades de las personas, se construyen en el lenguaje, registrado, gesticulado y hablado. En estos registros, aparecen los libros y los cuentos, que tal vez sean la mejor manera de sentir otras culturas. Desde la palabra, especialmente la ficción, se experimenta el imaginario; en la metáfora, los colores y dolores; en los ritmos, las cadencias y pulsos de las personas que habitan un país.

Japón y China, misteriosos lugares para occidente judeo cristiano, pueden ser apreciados desde su propia literatura, o desde la literatura que muestra sus espacios.

Hace años Pearl Buck, premio Nóbel, escribió novelas ambientadas en China, como “La Buena Tierra”. Retomándola con curiosidad 30 años después, sigue vigente, con sus descripciones de amores, distancias y costumbres de hombres y mujeres, incluso con los dolorosos pies amarrados de las niñas, en una China con misioneros y educadores, que desaparecía.

En la novela “Shogun”, un best seller ubicado en el límite entre el éxito de ventas y la literatura más seria, James Clavell muestra códigos de conducta de un Japón medieval, que siguen vigentes, en samuráis de cuello y corbata. Un breve y liviano ejemplo, la cortesía; las negociaciones indirectas; el “salvar cara”. Esto último es un concepto de la guerra y negociación en que al enemigo se le permite una “ventana de salida” con dignidad, sin acorralarle en forma desmedida. Un ejercicio del poder para que el enemigo quede en deuda con el ganador; en que se reconoce el juego de la guerra y que no se gana siete cero; aún más, ni siquiera es deseable ganar siete cero.

Novelas más recientes, como el “Club de la Buena Estrella”, de Amy Tan, ya tienen personajes chinos migrados a Estados Unidos, pero con inevitables ingredientes orientales, con la abuela china, la madre migratoria, la hija nacida en EEUU que busca sus raíces. La madre le dice frecuentemente a su hija, que es fea. Con el pasar de los años, la muchacha se da cuenta que es en realidad bella, y al enfrentar a su madre por haberle generado una identidad de fealdad e inseguridad, la madre responde que era para no provocar la envidia de los dioses.

Kasuo Ishiguro, londinense-japonés, o viceversa, escribe en una quintaesencia inglesa con contención oriental en “Los restos del día” y “Nunca me abandones”; Murakami en “Kafka en la orilla”; Jung Chiang (Los Cisnes Salvajes), y el más japonés de todos, Mishima, tal vez el último de los grandes intelectuales existencialistas, que comete sepuku en la pérdida de honor de la modernidad que se avecina.

El IChing, sistema de adivinación y consejos, desde el azar en la caída palitos de milenrama o monedas, en que la trama genera hexagramas que tienen lecturas especificas. Estas interpretaciones de Confucio, instalan el “hacer correcto”; el comportamiento codificado culturalmente; desde el hacer hacia el ser, más que desde el ser hacia el hacer.

Y así, sucesivamente, en las adivinaciones, novelas y cuentos, el lector se puede ir enamorando de otras culturas y las personas, las historias y las atmósferas. Es posible, y con nostalgia lo imagino, conocer más a las gentes desde los fogones con sus cuentos y leyendas, sus miedos, los fantasmas que les acechan, que desde el análisis estadístico de variables económicas; un espacio donde aparece el otro como un legítimo otro que se construye en el lenguaje, como dice Maturana.

Me quedé pensando en el último párrafo...

La organización económica de un grupo humano corresponde sólo a una parte de las expresiones culturales del mismo. El nivel de homogenización que existe a ese respecto a nivel mundial, incide en que personalmente encuentre poco relevante centrarse en ese nivel.

Así, las artes en general pasan a ser el espacio en el cual la esencia de una cultura muestra su intimidad, logrando niveles más profundos de comprensión de las diversidades, reencantándonos con la maravilla del ser humano y sus múltiples lecturas de la vida.

Es muy cierto. Las películas, los libros, todas las producciones culturales recrean la vida de un lugar y le dan, a vez, más vida. Tres ejemplos muy claro de esto son Nueva York, Buenos Aires y Valparaíso. Estas ciudades están llenas de vida, efervescentes, no existe aventurero de las urbes que no haya visitado estos lugares. Pienso que es por la literatura -y las letras de canciones-, por el arte en general; por las imaginerías que hacen aún más atractivas las ciudades para quienes las viven y las visitan. Así, más gente las vive y las visita o, más bien, se vive y se visita de mejor manera.

También se aprende. Yo de Corea de mitad de siglo pasado aprendí leyendo “El pescador no tala”, aunque supiera fechas sacadas de libros de historia, no estaba allí la verdadera historia, la íntima. Lo mismo con Mishima, que en “Caballos desbocados” habla muy íntimamente de la situación social de Japón al abrirse al capitalismo y a occidente. Interesante artículo.

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