Mi naturaleza me obliga a horas de quieta vigilancia. Las suelo amenizar con reflexiones varias. Una que me ha dado muchas satisfacciones es transportar una costumbre de un país y ver como funciona en otro.
Por ejemplo, tomemos el seppuku, suicido ritual japonés más conocido como harakiri, y situémoslo en Chile. ¿Se imaginan uds. a Estévez suicidándose después de asumir la total responsabilidad política por el Transantiago? ¿O se imaginan al general Iturriaga haciéndose el harakiri después de haber sido detenido? A mi me cuesta. Si ocurriese, puedo incluso escuchar de antemano los comentarios locales impregnados de sorna: "es que el pobrecito andaba mal" "es que ya nadie lo soportaba" "si no era para tanto" "si tu supieras" etc.
En Chile, que se tome seriamente un acto de este tipo pareciera estar solo reservado para los Presidentes, Balmaceda y Allende, y aun así con ciertos bemoles.

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