Ante el avance del fundamentalismo

Si alguien visitó Indonesia a mediados de los 90 y vuelve ahora, los dos cambios que notará al momento son la ausencia de Suharto y el avance del islamismo.

Suharto en sus comienzos siguió la misma línea laica que había tenido el fundador del Estado indonesio, Sukarno. Desde finales de los ochenta, al sentir que su legitimidad se debilitaba y que incluso el sostén de las Fuerzas Armadas ya no era tan seguro como antes, Suharto se aproximó a los islamistas. Quería que el Islam le otorgara la legitimidad que iba perdiendo por otros lados. Curiosamente Suharto hizo la misma jugada que el Shah de Persia había hecho veinte años antes. Al Shah le derrocaron los mismos islamistas con los que había querido juguetear. Con Suharto no hubo tiempo: acabó antes con él la crisis asiática del 97.

Los fundamentalistas (y esto se aplica a los fundamentalistas de cualquier religión y a los extremistas no-religiosos) son como el genio de la botella: sacarlo es muy sencillo. Lo difícil es volverlo a meter. Los fundamentalistas indonesios que habían disfrutado de una tímida apertura en los últimos tiempos de Suharto, supieron aprovechar la “reformasi” para ocupar un espacio político mayor que el que seguramente les hubiera correspondido por su número. Ahora son mucho más libres que antes, con el objetivo de que en el futuro los demás sean menos libres que ahora.


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