"Siempre tendremos Milán": una historia de amor regreso a casa.

La mañana del 12 de marzo llego. Yo estaba ansioso, así como lo estaría un caballo de carreras dentro de un partidor.

Mi mañana había comenzado temprano. Desayuné como todos los días en el organic café. Luego me tomé un te con leche con Mouli, mister en la recepción del hotel. Como a eso de las 10:30 fui a la oficina del cónsul de Chile en Katmandú, por un asunto de negocios del que no hablaré por el momento. Luego regresé, preparé mis dos mochilas y solo me senté en la sala a esperar a que el taxista que trabajaba en el hotel viniera por mí.

La espera se hizo eterna y todo estaba silencioso. Intentaba ser cortés y considerado con los chicos que habían sido mis únicas compañías durante mi estadía en Katmandú. Pero era imposible ya que mi mente en ese instante se encontraba lejos de este lugar, en algún punto entre el atlántico y Sudamérica. Mi patria y mi hogar.

El día anterior me lo había pasado comprando música y luego, una última fiesta final en la terraza del hotel. Mi último atardecer en Katmandú, con una cerveza en la mano y con mi cd player sonando.

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Tal vez, esta última imagen, la que ahora aparece en la fotografía que acompaña esta crónica, sea la mas decidora de todas y la que representa de alguna forma, lo que viví y sentí en aquellos últimos días en Katmandú: mis viejos zapatos de trekking apoyados en la baranda de la azotea del hotel; por otro lado mi viejo cd player sobre la mesa, tocando una canción de Dave Mathews, la que puedo escuchar por los audífonos con una mezcla de melancolía, tristeza, incredulidad y ansiedad. Pero una ansiedad y tristeza que no puedo explicar. Luego, el sol, cayendo sobre Katmandú, dándole a los edificios ese color oro que sólo provoca el crepúsculo en todas las ciudades del mundo. Las banderas de los edificios más altos flameando por efecto del fuerte viento, las aves volando, las montañas firmes como estacas rodeándolo todo.

Finalmente, lejos, muy lejos de ahí, en aquella misma dirección, en algún punto cruzando el océano, estaba mi hogar.

Lo que yo no sabia, es que camino a casa, también me esperaba el amor.

Justo a las 12:30 el taxista vino por mí. Un tipo joven y gordo, con ojos achinados, que en cada momento me repetía “hasta la vista” que de seguro lo escuchó alguna vez en una película de Terminator. Por esta razón, para él, yo era el “hasta la vista”.

Pronto todos estaban en el recibidor del hotel, ya nos habíamos dado los correos electrónicos y entonces uno a uno los fui despidiendo. Mouli me abrazó muy fuerte y repitió las dos únicas frases hiladas que le había escuchado en todo este tiempo: “Buen viaje bro”. Me dijo en ingles.

Yo le sonreí.

Llegamos al aeropuerto de Katmandú 20 minutos después. Yo me sentía extraño. No sé cómo definir exactamente cuál era la sensación que estaba en mi cuerpo y en mi mente en ese momento. Era como si algo aún faltara por ocurrir. Un presentimiento.

Me restaban algo así como tres días de viaje; debía atravesar cuatro aeropuertos y unos 20 mil kilómetros para llegar a mi patria. Por lo que estaba resignado a soportar un estoico viaje, de seguro, plagado de esperas interminables, controles de seguridad y la mala comida de los aeropuertos. Pero se trataba de un último esfuerzo antes de llegar a casa.
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A la entrada del aeropuerto de Katmandú, la primera sorpresa. Tropas del ejército estaban custodiando la entrada. Hicieron detener el taxi y un soldado se aproximó a la ventana. Se me quedo mirando, pensaba que yo era nepalí. “Hasta la vista” se dirigió hacia él y le dijo que yo era un turista. Acto seguido el soldado ordenó abrir el porta maletas del taxi. Comencé a ponerme nervioso no se por qué.

Revisaron todo y no encontraron nada extraño. Obvio. Seguimos

Dimos con la entrada y había mas soldados. “Hasta la vista” me ayudó a bajar las mochilas y me deseó buen viaje. Yo saqué mi billete de avión y mi pasaporte y entonces entré al aeropuerto previo control de puerta.

El aeropuerto de Katmandú era amplio y agradable, bastante moderno. Algunas tiendas de souvenirs muy caras y anuncios en inglés y nepalí. Yo ya me conocía a estas alturas la rutina de los aeropuertos, por lo que sólo me limité a seguirla; preparé mi declaración de embarque, hice el check in en el mesón de la aerolínea, pague mis tazas de embarque, declare mi mochila grande. Un perro en la correa transportadora la olfateaba en busca de explosivos o drogas. Yo entonces me dirigí a la sala de seguridad. En algún instante pensé en mi perro “Junior” esperándome en casa.

En la sala de seguridad me dispuse a otro control. Pasé antes por inmigración, un par de preguntas, el timbre que me dejaba fuera de Nepal y luego caminé directo a los detectores de metales. Pasando los detectores, unos soldados revisaban el equipaje de mano uno por uno. Había unos 10 de ellos y en frente otros armados con fusiles.

Pasé el siguiente control y para sorpresa mía, en el instante en el que tomé el bus que me dejaría en la escalerilla del avión que me llevaría a la India, había otro control más.

En la escalerilla había una tienda montada con dos accesos, cada acceso tenía dos soldados más y personal civil que nuevamente volvía a revisar las maletas y las bolsas.

Comprendí que esto era serio y que el terrorismo estaba cambiando al mundo inexorablemente.

Finalmente pude sentarme al fin en mi asiento. Tenía la ventanilla a mi lado.

Cuando despegamos, pude ver en plenitud a la ciudad de Katmandú dispersa por la explanada de un valle, rodeada por hermosas montañas. No pude sentir pena por dejar la ciudad y el país, por alguna razón, yo sabia que mis emociones no aflorarían aún, sino hasta en otro momento de este viaje. Entonces el avión se perdió en medio de las nubes.

Dos horas más tarde llegamos a la India. El aeropuerto Indira Gandi de Delhi estaba a full. Aún tenía que esperar unas siete horas a mi nuevo embarque. En Delhi hacía un calor horrible.

Fue extraña la sensación de regresar a la India. Había estado ya tanto tiempo en Nepal, que había olvidado por completo el paisaje de este país. Volví a pasar por el mismo control de inmigración que a mi llegada, luego la misma sala de equipajes y luego el mismo acceso hacia el exterior, pero aquel olor indescriptible de aquella primera vez, se había ido, también la multitud de gente que esperaba afuera.

Podía recordarlo todo con claridad, como si fuera mi primera vez; sabía dónde estaban las terminales internacionales, así que solo subí las escaleras y ya estuve en las puertas de acceso a la moderna terminal que ahora aspiraba a transformar al Indira Gandi en un aeropuerto de clase mundial.

Irónicamente, me impidieron acceder con mi billete, hasta pasadas las nueve de la noche. Mi vuelo era a las dos de la mañana.

Así que me limité a esperar sentado sobre mi carro de equipaje afuera de la terminal, junto con otros cientos de turistas y viajeros que esperaban a que las puertas se abrieran para ellos.

Así pasaron unas seis horas. A eso de las 11 de la noche logré entrar al fin al Terminal 4 del aeropuerto de Delhi. Nuevamente soldados, controles de rayos X, revisión de documentación y la espera al embarque.

En Delhi mi mochila grande fue chequeada hasta Santiago, por lo que no sería necesario preocuparme por ella en el resto de los otros aeropuertos. Yo seguía sintiéndome por alguna extraña razón muy ansioso. Sabia que podía tratarse de la proximidad de estar en casa.

A las 01:30 me embarqué con rumbo a Milán, Italia, en la segunda escala de mi viaje.

Me restaba un viaje de 8 horas hasta Europa.

El avión era un 747-600, lo que indicaba que abría muchos pasajeros. Mi asiento daba a pasillo, muy cerca de la entrada a clase ejecutiva. Cuando di con él, una chica estaba ya instalada a mi lado mirando por la ventanilla. No la miré bien y sólo hice una pasada de reojo. Acto seguido me saqué el polar y la chaqueta que traía amarrada a mi cintura y las deje junto con mi mochila en uno de los lockers de equipaje sobre mi cabeza. Al darme vuelta para dejar las cosas pude verla mejor: se trataba de una chica joven, unos 25 pensé, rubia, de ojos azules, pelo corto en melena, lindo rostro. Estaba tapada con una frazada que seguramente había comprado en la India pues no era la de la aerolínea. Note que tenía tatuajes de henna en sus manos. Estos tatuajes eran muy populares entre las chicas europeas que venían a vivir una experiencia mística en la India. Sus manos estaban sujetando la frazada. Uno de sus hombros estaba descubierto bajo la ropa. Tenía un lindo color bronceado. Pude ver todos esos detalles en solo unos segundos de una inofensiva mirada. Eso es algo que se obtiene con la práctica.

Luego me senté. Yo vestía jeans y una polera azul. Noté que ella me sonreía y me decía algo, cuando comencé a buscar mi cinturón de seguridad. Una de mis hebillas se había pasado a su asiento. Ella estaba sentada encima. Entonces le sonreí y le hice un gesto con mi rostro, ella sonrió y se levantó y sacá la hebilla del cinturón de seguridad debajo de su pierna. Noté entonces que tenía una linda figura y que vestía pantalones de algodón y una blusa del mismo color, que de seguro había comprado en alguna playa de la India. Estaba descalza y sus pies y también tenían tatuajes de henna. También llevaba pulseras y un par de lindas tobilleras. La chica era hermosa.

Entonces despegamos. Hasta ese entonces yo no tenía la menor idea de lo que iba a suceder.

El avión ya estaba en curso cuando comenzaron a servir la cena. Hasta ese instante yo no había cruzado palabra con mi vecina de asiento. Yo estaba bastante cansado, quería dormir, pero quién puede hacerlo con alguien así sentado al tu lado. De reojo, un chico europeo sentado en la corrida de asientos de al lado, unos dos puestos antes de mi, me miraba, como diciendo “la puta suerte de ese tipo”. Obviamente se refería a mi.

Cuando sirvieron la cena ella me miró y me dijo. “Yo quiero dormir, si pasan con la cena por favor que no me despierten”. Asentí con un gesto. Ella regresó a dormirse. Note que su acento era algo extraño. Su inglés era claro pero recargado en la “erre”. Pensé que era alemana o francesa. No estaba seguro. Entonces pasaron con la cena y uno de los asistentes de Alitalia despertó a la chica. Le bajó la bandeja y le dejó la cena encima. Entonces ella se incorporo. Yo la volví a mirar de reojo, hasta el momento habían sido solo palabras sueltas.

Comenzamos a cenar. El avión pasó por turbulencias. Comenzamos a movernos. Yo no sabía su nombre ni de donde era, ella tampoco sabía mi nombre. Entonces el avión se movió más fuerte. Ella se quedó con un trozo de pan en sus manos y me miro. Yo la mire también, fue la primera vez que mantuvimos la mirada tanto tiempo, entonces yo hice un gesto, como de asustado y ella hecho a reír. Entonces yo le dije –no son turbulencias, es solo que el piloto esta aburrido y le da de saltos al avión.- y ella volvió a reír y entonces comenzamos a hablar. Pasó una hora hasta que nos preguntamos los nombres y las nacionalidades y obviamente, las edades.

MARGO.

Su nombre era Margo, era belga y tenia 23 años. Yo sabía que ese acento era típico de los países cercanos a Francia. Ella también hablaba el francés. Margo había pasado seis semanas en India viviendo en Goa. Goa era el paraíso de los jóvenes europeos que buscaban vivir cerca del mar, una vida de hippies sin preocuparse por nada. Yo había conocido en Nepal a una colombiana llamada María, alta, morena, hermosa, de grandes ojos negros, que se había ido con su novio a vivir a una playa de Goa, donde había nacido su hija, Tara, y en donde vivían a la usanza hindú. Margo se había enamorado de Goa y de sus playas. Quien no. Había rentado una pequeña casa frente al mar. Vivía ahí con dos amigas más. Cada noche, Margo se sentaba en la arena, se fumaba un cigarrillo o bebía una cerveza y escuchaba el ruido de las olas reventando suavemente en la arena. Cada noche que había pasado en Goa, se había convencido que ese lugar era su destino. También había aprendido sobre las pinturas con henna que hacían los artesanos indios y sobre sus diseños. Margo adoraba tres cosas de la India: comer con sus manos, los tatuajes de henna y las películas de Bollywood. También había perdido una cámara digital mientras se bañaba de noche en el mar arábigo, pero luego me dijo “es sólo una cámara”. Había comprado una más básica, de fotos en rollo, a la antigua, y había sacado las fotos mas hermosas de su viaje. Mientras comíamos me las mostró. Eran imágenes simples: ella durmiendo en una hamaca fuera de su casa hecha de latas y paja a la orilla de la playa en Goa; en otra estaba ella entrando a un cine de en la ciudad, donde proyectaban una película de Bollywood.

Margo además tenia un novio que era músico, joven igual que ella, que la esperaba en Bruselas. Cuando le toqué el tema, ella lo evitó. No hablamos más del asunto.

Pronto retiraron la cena. Entonces ella me dijo que si quería podía recostarme sobre su hombro cuando me durmiera. Me sonrió por ultima vez, apagaron las luces y todo el mundo se durmió.

Yo me quedé ahí, en medio de la oscuridad, sintiendo los motores del avión en crucero. Pasábamos por algún punto de medio oriente en ese momento. Por las pantallas del navegador del avión, pude ver que sobrevolábamos espacio aéreo iraní. Imaginé esa tierra ahí abajo, prohibida, lejana, misteriosa, bajo una noche sin luna. Me atraía como nada en el mundo y mis sentimientos entonces eran confusos. Podía sentir también la respiración de Margo, quien ahora dormía apoyada en mi hombro. Entonces algo mágico paso. El avión comenzó a moverse, y se encendieron las señales de “abrochar el cinturón”. Las luces seguían apagadas y sólo las luces de los pasillos principales estaban encendidas. Yo permanecía sentado recto en mi asiento, mirando hacia la luz de aviso de “abrochar el cinturón”, entonces Margo tomó mi mano derecha y la estrecho fuerte contra la mía. Luego se acomodó y volvió a recostarse en mi hombro. Ninguno de los dos hizo nada. Solo me quedé ahí, sintiendo su mano tibia sobre la mía.

Pasamos la noche así. En silencio, durmiendo lado a lado, con nuestras manos tomadas mientras el avión pasaba sobre los turbulentos cielos de medio oriente.

A la mañana siguiente, cuando despertamos a sólo dos horas de tocar la pista de Milán, Margo se despertó radiante. A medida que el sol le daba en la cara se veía mas hermosa. Abrió la ventanilla y aparecieron los Alpes. El día estaba radiante. Ella no paraba de mirar hacia fuera y repetirme lo lindo que estaba.

Yo seguía mirándola de reojo sin terminar de repetirme lo afortunado que era.

Luego sirvieron el desayuno y continuamos hablando sin comentar nada más importante.

Era agradable hablar con ella y también su compañía.

Al parecer a ella también le gustaba hablar conmigo.

Faltaban 15 minutos para que el avión aterrizara en Milán. Ella me miró y me dijo que luego debía esperar una hora y media su vuelo. Mi conexión salía media hora antes que la suya. Al ver su carta de embarque, nos dimos cuenta que era el mismo terminal, sólo que en distintas puertas. No quise preguntar sobre que sucedería cuando aterrizáramos. Me pareció que estaba de más. Entonces Margo me preguntó “¿No piensas pedirme mi correo electrónico?” A lo que yo le dije que si ella quería, por supuesto. Así que sacó un papel y lo anoto. Luego me lo pasó. Faltaban 5 minutos para que el avión tocara tierra.

La mañana estaba radiante, debían ser cerca de las nueve. Afuera los Alpes brillaban. Entonces el avión comenzó a descender. Ella me miró, yo sentía el ruido de los flaps bajando y de los ajustes de velocidad del avión, también el momento en el que bajó el tren de aterrizaje; siempre me ponía nervioso en esos instantes. Supongo que el haber sido piloto en mi juventud no había impedido que sintiera algo de temor por los vuelos. Ella notó mi nerviosismo y sin decirme nada, me tomó la mano y me dijo “haremos esto juntos” Yo la miré y ella sonrió y entonces yo le di un pequeño beso en la mejilla. “Para que tengamos suerte”, le dije.

Entonces el avión comenzó a aterrizar. Yo veía por la ventanilla como el suelo se acercaba y el cielo quedaba atrás. Podía ver los edificios y las colas de otros aviones estacionados en la pista. Margo tomaba mi mano y me miraba y sonreía, yo iba contando los metros, y los segundos que faltaban para aterrizar. Finalmente el avión tocó tierra. Inmediatamente los retropropulsores, los frenos de aire y los flaps abajo en su máxima extensión para ganar resistencia. Ella me tomó con más fuerza y de ahí ya no me soltó la mano hasta que el avión estuvo detenido completamente.

Se estarán preguntando hasta ahora qué estaba exactamente sucediendo entre Margo y yo. Les diré algo; nada. Por que eso era, nada, sólo una chica amable que había vivido feliz en Goa, y todos los que regresan de Goa lo hacen con ese espíritu. Es lo que hace el mar en los seres humanos. Sin embargo sentía por alguna extraña razón que ella estaba más interesada en que no perdiéramos el contacto de lo que yo hasta el momento parecía estar.

Eran las 9:10 de la mañana del día 13 de marzo cuando el avión se posó en la pista de Milán. Afuera hacían 5 grados y la mañana estaba despejada.

Comenzamos a bajar y entonces noté que ella quería esperar a que yo bajara primero. Luego en el pasillo tomamos caminos distintos. Ella por la derecha y yo por la izquierda. Ella dio primero con la bajada. Yo pensé que eso era todo, que ahí nos despedíamos, en fin, tenía su correo electrónico, siempre podíamos seguir en contacto casual. Mi sorpresa fue mayor cuando comencé a bajar, un bus esperaba afuera. El sol dio en mi rostro, y ella estaba abajo, al lado de la escalera esperando por mí. Entonces la vi sonreír y para mi estuvo todo claro. Éste iba a ser uno de esos días.

En el bus camino a la sala de seguridad y policía internacional ella aún seguía con sus pies desnudos, solo tenía puesta unas sandalias. Era sólo un poco más baja que yo. Se puso una de sus mantas indias sobre su cabeza. Seguía pareciéndome hermosa.

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Mientras íbamos en el bus, note que todos los aviones de Alitalia tenían escrito un nombre de un italiano famoso; “Cristóbal Colón”, “Leonardo da Vinci”, “Donatello”, de las Tortugas Ninja. Así que le dije a Margo si se había dado cuenta de ese detalle. Ella sonrió y me dijo que no, así que seguimos leyendo de la fila de aviones boeing que pasaban frente a nosotros. Cuando desembarcamos, ella quiso fumar un cigarro. Yo la espere. Nos quedamos a un lado, mientras el resto de los pasajeros entraba. Hacia frío. Ella encendió su cigarrillo y nos quedamos apoyados en una baranda. De fondo estaban los Alpes, frente a nosotros habían aviones de todos los lugares del mundo: Air China, Air Sultanato Arabe, Air Malasia. Todos exóticos destinos a los que de seguro algún día iría también. Parecía un buen lugar para pasar unos instantes más con ella. Todos los eran en verdad.

Pronto pasamos a la sala de seguridad. Al pasar por los detectores nos separamos. Mientras yo pasaba por mi detector ella ya estaba del otro lado esperándome, entonces yo me saqué mis zapatos de trekking y mi cinturón ya que traían metal y le hice una seña a Margo mostrándole el cinturón en mi mano, mientras una agente italiana me revisaba con un detector de metales. Ella volvió a sonreír.

Corrimos por los pasillos hasta el Terminal A. A mí me quedaban 25 minutos y a Margo una hora. Pronto dimos con mi puerta. Era la número 6, mientras que la de ella era la numero 26, es decir, 20 puertas mas adelante. El momento de decir adiós había llegado. Yo estaba nervioso y ansioso al mismo tiempo, tenía muy claro lo que tenía que hacer, pero no sabía si debía. Ella me sonrió y miró hacia mi puerta: había una fila de unas 40 a 50 personas. La puerta aún estaba cerrada pero daba la impresión que pronto embarcarían. Faltaban solo 6 a 7 minutos. Así que ella me miro y me abrazó. “Cuidate mucho y buen viaje”, me dijo, y yo le deseé lo mismo. Entonces nos separamos sólo por un instante, nos quedamos frente a frente y yo la bese. Fue un beso pequeño, bastante simple. Cuando nos separamos ella me miro y me dio otro, también en la boca, pequeño y suave. Y luego dio la media vuelta y se fue.

Yo me quede ahí, parado, sin creer que esto estaba sucediendo y al mismo tiempo, con esa sensación de saber que no la volvería a ver (pero conociéndome, lo más probable es que eso no ocurriera). Un tipo que estaba en la fila, que me había sacado todo el rollo se me quedó mirando. Yo lo miré y el me hizo un gesto “Que esperas”, me dijo y luego me sonrió. Yo lo mire y comprendí lo que tenia que hacer. Así que comencé a correr entre la multitud a solo 5 minutos de que mi vuelo saliera. Di con los accesos principales desde donde estaba el acceso a las puertas 10-16, 17-20, 21-28; era el tercer acceso. Subí una escalera metálica y luego había un pasillo más profundo y extenso. Sabía que podía perder mi vuelo, pero ya estaba aquí. Así que seguí corriendo hasta dar con el final del pasillo, había una escalera que empecé a bajar. En medio de ella tuve una visión hermosa: Margo estaba apoyada contra una pared. Su fila estaba recién comenzando a armarse. Ella sonreía. Así que seguí bajando y corriendo hacia ella. Cuando la alcancé le tomé la mano. Ella me miró y sonrió y me dijo “¡Qué estás haciendo aquí!”. Yo le dije: “Tenemos dos minutos, tal vez menos” y ella entonces comprendió. Me tomó de la mano y corrimos hacia la escalera. En medio de ella, en un descanso, la tome suavemente de su cabello y comencé a besarla. Ella entonces soltó sus cosas y me abrazo y comenzamos a besarnos y nos quedamos ahí por un par de eternos minutos. No sé cuánto tiempo fue, pero el tiempo se detuvo, las personas ya no estaban ahí. Sólo ella y yo. Al final nos separamos y le dije “Siempre tendremos Milán” y entonces tomé mi mochila y regresé corriendo a mi puerto de embarque. Al final, la vi a la distancia. Ella sonreía y me seguía mirando hasta que nos perdimos en medio de un mar de gente que corría a sus aviones.

En París, 8 horas más tarde, estaba yo mirando el tablero de anuncios de los vuelos que despegaban aquella noche, cuando di con el vuelo de Air France con destino a Santiago. Al tener aquella fantástica visión, rece en silencio una plegaria que había aprendido de memoria en África. Era en tagalo, un idioma antiguo. La plegaria rezaba: “El hogar esta donde esta tu corazón”.

Y yo regresaba a mi hogar.

Y eso fue todo. Regresé a Santiago un 14 de marzo a las 9 de la mañana. La Cordillera de los Andes tenía una pinta fantástica. En la terminal aérea del aeropuerto Arturo Merino Benítez habría de esperar aun 50 minutos en policía internacional, una correa de equipajes rota y otros 35 minutos de espera en aduanas. Frente a mí en la fila de espera, un chileno con pinta de guatón parrillero, que resultó ser un marino mercante, me mostraba con orgullo una bolsa con condones que había comprado en Tailandia, mientras otro, no paraba de repetir por su teléfono celular a un amigo la siguiente instrucción “¿Tay seguro que están listas las minas?”.

Ya no tenia dudas, había regresado a Chile

Fin.

Paula: me parece muy bien el comentario...- "en la rutina, ya en casa, no sabría que hacer con ellos y ellos conmigo..." ¡Eso es!, a mí también me han pasado estos "encuentros cercanos", y ya pensándolos...¿qué hacer con ellas?, no existe nada en común, conocemos poco de cada uno, etc. ¡Buen comentario!, del lado femenino de estos encuentros.

Una nota al margen, es increíble que un artículo en un blog, haga que personas diferentes se comuniquen expresando tantas opiniones, ¿no dicen que esto de la computación es muy frío?...

Disfruté muchísimo con esta historia, Pedro, sobre todo con esa corrida de teleserie a dos minutos de embarcar. Lo que toda mujer sueña, jajaja. Peeeero, no vamos a ser ingénuos ¿cierto? En todo viaje tiene que haber algún encuentro, al menos una tensión entre dos personas que se atraen, y eso no garantiza que la otra persona sea el amor de tu vida con el que hubieras podido, qué sé yo, tantas promesas del estilo "Antes del amanecer"... No pues. Los amores de viaje son lo que deben ser en el lugar y el momento en que surjen, son encuentros que se dan en esas instancias en que los viajeros andamos tan vulnerables, es decir ¡durante todo el viaje! (Porque cada segundo fuera es un cuento de otro libro) Me acuerdo de uuufff, mejor ni cuento, esos tipos increíbles con los que compartí en mis aventuras. Y los dejo ahí no más, porque en la rutina, ya en casa, no sabría qué hacer con ellos, ni ellos conmigo :S Así con la belga...yo también conocí unas belgas en mis vacaciones por Bolivia, eran súper buena onda, relajaaaaadas, muy respetuosas y en su justa medida, conversadoras.

¡Saludos y bienvenido Pedro! 

Pedro: qué bonito tu relato, y qué bien resolviste esa duda, de ¿que hacer?, estos instantes de amor, ¡son impagables! ya que uno los lleva para siempre en su corazón. ¿Qué será de Margot?, le escribiste, o tienes todavía contacto con ella...qué gratos recuerdos para tí el evocar ese instante, así me pasó a mí al recordar algunos de mi existencia (claro que acá en Chile), pero igual de bonitos. Un saludo.

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