Eran las 5 de la tarde cuando arribamos a Nagarkot, una pequeña localidad montañera situada al noreste de Kathmandu, a unas dos horas y media de viaje en bus local y con una altitud de 2.700 mts. aproximadamente.
Rápidamente dimos con un hotel, al que nos condujo un chico local. La vista desde las habitaciones era alucinante. Podía verse todo un valle guarnecido por cientos de hectáreas plantadas de arroz y flores para hacer aceite (amarillas), en disposición de terrazas. Parecía el Jardín del Edén.
Mas allá, el valle se perdía nuevamente en más montañas, con dirección al sur, y tras esas montañas, otras más.
Luego de dejar nuestras cosas en una habitación, nos dirigimos a la hostería que estaba sobre el sector de huéspedes. Primero apareció uno de nuestros anfitriones: un nepalés con pinta de bonachón, con un bigote cortito y que había servido años atrás en la milicia en Nepal y trabajado como empleado de seguridad en Medio Oriente. Luego apareció su hijo, su cuñado y uno de sus nietos. Su mujer estaba haciendo el aseo allá afuera en el hotel; no había nadie más, salvo nosotros y un chico japonés que se iba aquel mismo día.
En un momento nos sentamos y comenzamos a hablar, al comienzo fue agradable: prepararon la cena, nos sirvieron una cerveza y bla bla bla. Entonces aparecieron otros dos tipos: uno de ellos era el chico joven que nos había conseguido el hotel, el otro era un taxista que hacia rutas hasta Kathmandu y Baktapur. Ya éramos dos turistas y siete anfitriones. Lo peor estaba por venir.
Cuando trajeron la cena la luz se fue. Sólo se veían los rostros iluminados por las velas. Cada vez que yo o Fabrizio tragábamos algo, alguno de ellos nos miraba y nos preguntaba “¿GOOD?”, a lo que uno de nosotros asentía con la cabeza o diciendo, “YES ¡VERY GOOD!”. Esto mismo se repitió hasta que terminamos la cena. Luego el tipo del bigote insistió en que Fabrizio tocara algo con la guitarra, mientras que ellos sacaban el roxy, licor local, y se animaban. Fabrizio era un tipo de carácter, de pocos amigos y al igual que yo no le gustaban las multitudes, tal vez por eso hicimos buena dupla inmediatamente. Entonces él preguntó ante la sorpresa de todos “¿NO HAY MUJERES EN ESTE PUEBLO?” Yo no pude resistir la tentación de risa y entonces todos se quedaron mirando. Algunos necesitaron traducción en nepalí ya que no hablaban ingles. Entonces después de deliberar, uno de ellos dijo “
Cuando regresamos, por la noche, la situación no fue mejor, había llegado la luz pero los chicos seguían ahí. Fabrizio preguntó si había un DVD para ver una película, el dueño asintió y todos se alborotaron “¿QUÉ PELÍCULA, CUÁL, CUÁL?” preguntaban mientras devoraban su Dalvat. Fabrizio les explicó que era una película de buena fotografía y buen guión que se llamaba “INTO THE WILD” y que estaba basada en un hecho real. A los 15 minutos nuestra audiencia había desaparecido, ante la absoluta inexistencia de escenas de sexo o de acción tipo Rambo o Jaky Chann.
Al día siguiente iniciamos una nueva ruta de trekking pero con base, es decir, al terminarla regresaríamos a Nagarkot. Elegimos descender por el valle unos
Pronto dimos con una pequeña cascada que cortaba el camino, el que había que cruzar usando un puente. Entonces más arriba vimos dos mujeres lavándose. No llevaban puesto el típico ZARI, que era la vestimenta de casada, un vistoso y colorido vestido. En su lugar llevaban un LUGI, que era una especie de pañoleta gigante, estampada en vivos colores en el que envolvían su cuerpo desde los pechos hasta las piernas. Para nuestra sorpresa, en ese momento las dos mujeres permanecían sentadas a la orilla de la caída de agua, con su pelo suelto, mojado y con sus pechos al descubierto. Cuando las vimos lo tomaron con total naturalidad. Unos niños pasaron también en ese momento. Eso me dio que pensar con respecto a lo que había visto en
Pronto nos saciamos de todo el espectáculo y regresamos al hotel, caminamos cerca de unas tres horas y media hasta que el sol ya estaba lo bastante alto como para detenernos. Por el camino bebimos agua de manantiales y saludamos a algunos niños que venían curiosos a nuestro encuentro.
La rutina del resto del día fue la misma. Teníamos a los siete anfitriones encima en cada minuto, sin que hicieran caso a nuestras indirectas. Por la noche nuevamente se cortó la luz. Fue la noche más oscura que recuerdo haber visto en mi vida. Y también estaba ese silencio que lo envolvía todo. Además hubo truenos y desde la ventana de nuestra habitación se podían ver rayos cayendo de cuando en vez sobre el valle, que solo era una sombra obscura en medio de la nada.
Aquella noche, la segunda nos dormimos temprano, cerca de las nueve de la noche. La montaña completa estaba cubierta por la más absoluta oscuridad.
Al día siguiente salimos temprano con destino a Baktapur, una ciudad amurallada de los tiempos del feudalismo nepalés, con templos y palacios, en la que los turistas debían pagar 10 dólares por el derecho a entrar, con Fabrizio acordamos no pagar y colarnos a como diera lugar.
Me gustaba ese chico. Era decidido y no dudaba ante sus resoluciones.
Cuando llegamos al bus local notamos que estaba lleno. Era un viaje de una hora y algo hasta Baktapur. Entonces miramos el techo… “¡Claro que me parece buena idea!” le dije a Fabrizio. Y entonces nos montamos sobre el bus como lo hacían los locales.
Pronto el bus se puso en movimiento.
Por las curvas las piernas se me salían del camino, había que acomodar bien el trasero entre los fierros del techo y algunas veces esquivar las ramas de los árboles que se salían del camino, pero eso era todo, lo demás cien por ciento adrenalina, excelente visión, el viento dando en tu rostro, aventura, vida, emoción, el dedo de dios peinándote el cabello.
Qué más puedo decir.
A nuestra llegada a Baktapur dimos con una pequeña cocinaría a las afueras de la ciudad, cerca de donde el bus hacia su ultima parada. Un nepalés gordinflón y buena gente nos recibió. Le caímos bien en el acto. Mientras limpiaba una mesa para nosotros, un chico diligentemente nos sonreía mostrando sus dos únicos dientes y nos servía agua fresca. No podíamos tomarla pero se lo agradecimos de todas formas.
Decidimos que la mejor forma de infiltrarnos era dejando las mochilas en la cocinaría y entrar simulando ser locales. Por mí no había problema pues yo tenía la apariencia de ellos, mi piel era mas clara y mis ojos mas redondos, pero nada mas. Fabrizio tendría que ocultar un poco su rostro, pero su baja estatura de daban un bajo perfil. Y así fue como nos infiltramos en Baktapur.
Cuando pasamos por una de las entradas principales nos separamos en dos líneas de guerrilla, uno caminando por un lado de la calle y el otro por el opuesto, rápido y con la cabeza baja. El tipo nos miro. Yo lo vi de reojo, pero no alcanzó a reaccionar, en el momento que dudo, estaba jodido.
Pronto dimos con las calles laterales a la plaza principal, desde la distancia podían verse las siluetas de los templos principales y de los palacios feudales del centro. Las calles eran estrechas, por un momento me recordó algunas ciudades que visite en España. Seguíamos caminando sin llamar la atención, sin comportarnos como turistas.
Llegamos a la plaza central, ahí, turistas de todas partes, daban el espectáculo fotografiándolo todo, con botellas de agua en la mano y en la otra una copia del Lonely Planet Nepal. Seguimos con nuestro juego, nos sentamos en uno de los templos y desde la altura disfrutamos de la vista de la ciudad. Yo saque algunas fotos.
Cuando salíamos, en uno de los controles, yo doblé a la izquierda en vez de la derecha. Fabrizio iba unos 30 mts. detrás mío. Un tipo corrió hacia mí, era un inspector de turismo nepalés. “¡Mierda, nos pillaron!” pensé. Entonces el tipo me tocó el hombro y yo me hice el desentendido. Entonces me dijo “Señor, la salida es por el otro lado, por aquí debe pagar nuevamente”, entonces me di vuelta y le sonreí nerviosamente dándome cuenta de mi error y de mi suerte al mismo tiempo. Le di las gracias. Fabrizio estaba de una sola pieza, detenido viéndolo todo, así que caminé hacia él y tomamos la salida correcta.
Así fue como salimos de Baktapur para contarla otra vez. Por la tarde regresamos a Kathmandu.
Fabrizio, su guitarra y su estilo de vida, se perdieron al día siguiente en las calles de Thamel, buscando un bus con destino a la frontera india.
Entonces me volví a quedar solo. Perdido en Kathmandu.
Continuará.

Comentarios recientes
hace 3 años
hace 3 años
hace 3 años
hace 3 años
hace 3 años